
En la localidad de Villa de Don Fadrique, en la provincia de Toledo, el ayuntamiento ha puesto en marcha una autorización especial para eliminar conejos todos los días. De hecho, está convocando a voluntarios con el fin de minimizar al máximo su población. Se trata de una batalla abierta contra estos animales, que se han transformado en un grave inconveniente para los agricultores en toda la nación.
Resulta llamativo, ya que, según los datos disponibles, el conejo europeo fue incluido en la lista roja de especies amenazadas de la UICN en 2019. ¿Es posible que una especie esté en riesgo y al mismo tiempo actúe como una plaga incontrolada?
La respuesta es afirmativa. Hace poco, la Unión de Agricultores y Ganaderos de Castilla-La Mancha advirtió que la expansión de conejos representa un problema que se extiende por una década, refiriéndose a una ‘plaga’ que pone en peligro los olivares y los cultivos de pistachos y almendros, y demanda medidas para controlar estas poblaciones.
No se trata de una percepción aislada; un informe del sector indica que el conejo representa el 64% de los pagos de seguros agrarios por daños causados por la fauna, y menciona promedios de decenas de miles de hectáreas afectadas cada año.
Sin embargo, el descenso general de la especie es evidente. Esto no solo afecta al animal en cuestión: forma la base de la cadena alimentaria para más de 30 especies (desde el lince ibérico hasta el águila imperial), y su disminución altera el equilibrio del ecosistema mediterráneo. Ha estado ocurriendo durante décadas.
Esto no es un fenómeno nuevo. El declive del conejo europeo se vincula primero a la mixomatosis (a mediados del siglo XX); continúa con la enfermedad hemorrágica del conejo en los años 80; y se agrava con la aparición en 2012 de una nueva variante (RHDV2) que impacta a las poblaciones justo cuando comenzaban a recuperarse.
A ello se suman las transformaciones en el paisaje y la eliminación de bordes, barbechos y refugios habituales.
Aun así, cuando una puerta se cierra, otra se abre. A pesar del retroceso general, los conejos han aprovechado los espacios creados por las infraestructuras humanas para establecer verdaderos centros de reproducción. Los taludes y bordes de las carreteras se han vuelto hábitats altamente propicios (e incluso rutas de desplazamiento), y las áreas con suministro constante de alimento (como regadíos y cultivos) atraen naturalmente a estas poblaciones limitadas.
En resumen, la explicación es directa: las poblaciones son más pequeñas, pero se han concentrado en zonas que generan mayor perjuicio a los agricultores.
De esta forma, surge el conflicto. Mientras los conservacionistas y científicos abogan por restaurar el conejo en el entorno natural, los agricultores reclaman su eliminación de las áreas bajo su influencia. Lo interesante es que ambos lados tienen argumentos válidos, y no contamos con narrativas que expliquen completamente la situación. Algo similar ocurre con otras especies silvestres.
Imagen | Sönke Biehl