
En el campo del Levi’s Stadium, durante el espectáculo de medio tiempo de la Super Bowl, el músico puertorriqueño Bad Bunny hizo historia. En un evento donde los comerciales cuestan 16 millones de dólares por minuto, no se presentó con prendas de Gucci, Dior o Versace. Benito Antonio Martínez Ocasio surgió con un conjunto completamente en tono blanco crema, casi celestial. Se trataba de un traje monocromático creado para dar una sensación de flotación en lugar de pisada firme, fusionándose visualmente con las marcas de cal en el terreno.
La mayor revelación no fue solo visual, sino empresarial: detrás de esa simplicidad se encontraba Zara, la principal marca de Inditex.
Fue una jugada llena de contrastes. Solo una semana antes, el intérprete había triunfado en los Grammy con un impresionante diseño de alta costura de Schiaparelli. Pasar de la exclusividad artesanal parisina al comercio minorista global de Arteixo en apenas siete días no fue casualidad, sino una afirmación intencional en el escenario más costoso del mundo.
Lo que se vio en el escenario no era ropa de catálogo, sino una creación personalizada a medida. El conjunto inicial incluía pantalones con pliegues, camisa, corbata y un elemento central: una camiseta acolchada de inspiración atlética, similar a las protecciones de los jugadores de fútbol americano. Todo en un matiz crema sutil y preciso, estilizado por sus colaboradores habituales, Storm Pablo y Marvin Douglas Linares.
El diseño se transformó en vivo. A mitad de la presentación, Bad Bunny modificó su figura al agregar un blazer cruzado de doble botonadura en el mismo color, elevando el estilo deportivo a una elegancia sastre tradicional. Aun así, para recordar que la simplicidad era una decisión estética y no una limitación financiera, el puertorriqueño conservó un solo detalle de estatus de celebridad en su muñeca: un reloj Royal Oak de Audemars Piguet. Se trataba de una pieza en oro amarillo de 18 quilates con esfera de malaquita, que actuaba como un sutil recordatorio: el traje podía ser accesible, pero el tiempo de Bad Bunny valía oro.
La selección de Zara resaltó aún más por el contraste con sus compañeros en el escenario. Mientras él optaba por la marca de moda rápida por excelencia, Lady Gaga lució un diseño de Luar y un broche que representaba la flor de maga, la flor nacional de Puerto Rico, manteniendo un intercambio entre la moda y la identidad cultural.
Esta colaboración beneficia a ambas partes en términos de capital cultural, pero desde perspectivas opuestas: Zara aspira a ascender hacia el lujo, mientras Bad Bunny busca conectar con la autenticidad cotidiana. Según expertos citados en The Guardian, como el profesor Andrew Groves de la Universidad de Westminster, ver un traje de Zara en un escenario de la Super Bowl representa un “cambio de poder”. El atuendo proyecta autoridad, pero esa autoridad surge de la posición cultural de Bad Bunny, no de la etiqueta de una casa de lujo. Es una manera de afirmar que el estilo radica en la historia, no en el costo.
Además, existió una clara conexión lingüística. Al ser el primer artista en presentar un espectáculo de medio tiempo completamente en español, desafiando el dominio anglosajón del evento, la elección de una marca global de origen hispano completó el ciclo. Como señalaron desde el Faro de Vigo, “Zara es española, como lo es su música”, utilizando el idioma compartido como una herramienta para una proyección masiva en el mercado estadounidense, más allá de las complejas herencias históricas.
Para Zara, esto marca la culminación de un cambio estratégico. La marca emitió un comunicado enfatizando que se priorizó la “visión artística” y aclarando un detalle clave: este atuendo no estará disponible para la venta. Al renunciar a la comercialización masiva inmediata del producto, Zara se posiciona como generadora de cultura y narrativa visual, distanciándose de la percepción de ser solo un proveedor de copias rápidas. Prefirieron el prestigio de la presencia al beneficio económico directo.
No obstante, el aspecto comercial no se detuvo por completo. Aquí reside la astucia de la estrategia: mientras Zara capitalizaba el prestigio intangible, el negocio concreto estaba en el calzado. Las zapatillas que completaban el conjunto no eran de Inditex, sino las BadBo 1.0, su colaboración personal con Adidas. A diferencia del traje exclusivo, estas sí se lanzaron a la venta solo 24 horas después del espectáculo por unos 160 euros. El artista logró un balance ideal: exclusividad narrativa para la ropa, accesibilidad masiva para el calzado.
La vestimenta de Benito sirvió como un canvas de mensajes codificados que la internet trató de descifrar en tiempo real. En la camiseta acolchada se leía el apellido materno del artista, “OCASIO”, junto al número 64. Las teorías abundaron: ¿Era el año de nacimiento de su madre, Lysaurie? ¿Una alusión a las víctimas del huracán María? ¿Un guiño a un récord en Billboard?
Finalmente, la explicación más personal vino de Complex Magazine: el número era un tributo a su difunto tío, quien usó ese dorsal durante su tiempo como jugador de fútbol americano. Bad Bunny convirtió una camiseta deportiva en una declaración de amor familiar.
Por otra parte, el blanco como declaración política. El tono crema/blanco no fue casual. Expertos en colorimetría indican que este matiz transmite transparencia, pureza y liderazgo (“no tengo nada que ocultar”). Este mensaje visual gana fuerza después de su discurso en los Grammy, donde protestó contra el ICE (Servicio de Inmigración) declarando: “No somos salvajes, somos humanos”. Vestir de blanco angelical ante millones de espectadores contrarresta visualmente la narrativa de peligrosidad asociada a la inmigración latina en ciertos discursos políticos.
Para comprender por qué Zara invierte en vestir a una superestrella sin vender la ropa después, es necesario examinar su enfoque empresarial reciente. Inditex, bajo la presidencia de Marta Ortega, está trabajando para alejar a Zara del estigma del fast fashion y acercarla al fast couture o “lujo asequible”.
Un ejemplo evidente es la reapertura reciente de su tienda en Barcelona, diseñada por el arquitecto belga Vincent Van Duysen con una estética de boutique de lujo. Zara ya no busca competir solo por precio con Shein o Primark; aspira a rivalizar en imagen y experiencia con las firmas de lujo, conservando precios accesibles. Vestir a Bad Bunny en la Super Bowl es la campaña de marketing definitiva para declarar: “Somos premium”.
Lejos de las luces de California, en el polígono de Sabón (Arteixo), Bad Bunny generó un momento emotivo. Al llegar este lunes a sus puestos de trabajo, los empleados encontraron una sorpresa tangible en sus escritorios: una camiseta réplica idéntica a la del escenario, acompañada de una nota personalizada del artista.
“Gracias por el tiempo, el talento y el corazón que pusieron en esto. Gracias por hacerlo real. Este show también fue de ustedes. Espero que lo disfruten. ¡Nos vemos pronto! Benito”, decía la tarjeta. Un gesto físico que refuerza la imagen de “persona cercana con el trabajador” y une a la estrella global con la fuerza laboral local gallega.
La presentación no estuvo libre de controversia política. El presidente Donald Trump describió el espectáculo en sus redes sociales como “absolutamente terrible” y “antiestadounidense”, quejándose de que no se entendía “ni una palabra”. Una crítica que, paradójicamente, valida el éxito de la reivindicación latina en el show.
Al cierre, Bad Bunny terminó la noche sosteniendo un balón con una inscripción clara: “Juntos, somos América”. Con un traje de una marca española masiva, un reloj de lujo suizo y zapatillas alemanas, el artista demostró que la identidad latina es global, compleja y capaz de redefinir las reglas en el centro mismo de Estados Unidos.