
En la década de 1950, la propuesta de construir una presa en una de las regiones más áridas de Portugal generó críticas inmediatas: crear un embalse en Alqueva parecía ridículo, ya que “nunca se llenaría”. Este escepticismo mantuvo el proyecto archivado durante más de medio siglo.
Sin embargo, hacia finales del siglo XX, Portugal decidió impulsarlo, y las compuertas se cerraron en 2002. Los eventos posteriores demostraron que aquellos detractores estaban equivocados.
Por supuesto, las dudas tenían base. El nombre ‘Alqueva’ se traduce como ‘tierra de barbecho’ o ‘desierto’. Pero esto no lo hacía inviable; al contrario, demandaba una visión más audaz.
El resultado fue una estructura con una capacidad total de 4.150 hm³ y una extensión de 250 km². No solo controla el río Guadiana, sino que también suministra agua para el consumo de 200.000 personas, genera energía con una potencia de 520 MW y riega 130.000 hectáreas.
Se trata del embalse más grande de Europa occidental.
Lo notable es que ahora está liberando agua. No es la primera vez: entre 2010 y 2013 lo hizo en varias ocasiones, pero la severa sequía de los últimos años hacía improbable que se repitiera.
Sin embargo, está ocurriendo: en estos días, Alqueva ha estado descargando agua a un ritmo equivalente a una piscina olímpica cada dos segundos.
Al observar el imponente embalse de Alqueva completamente lleno, surge la pregunta sobre otras iniciativas similares que aún podrían realizarse. La realidad es que no hay mucho margen de acción. La mayor parte de los embalses viables ya se han construido, y los que quedan enfrentarían serios desafíos técnicos, sociales y económicos para concretarse.
Por lo tanto, será necesario explorar enfoques más amplios: considerar cómo enfrentar esta posible “nueva normalidad” si se materializa.
Imagen | Ceinturion