Durante el siglo XIX, los adinerados de Londres contaban con un “zoo” preferido: el hospital psiquiátrico de Bethlem, donde los pacientes se convertían en espectáculos de feria

BlogFebruary 15, 2026

Entre trazos de pintura, el artista victoriano Richard Dadd llegó a creer que su padre era la encarnación de un demonio. En un paseo por el campo durante el verano de 1843, lo asesinó a puñaladas. Escapó, pero la policía lo capturó poco después en Francia.

Cansado de insistir sin éxito en que él era en realidad San Pablo, John Frith trató de atacar al rey Jorge III de Inglaterra con una piedra a principios de 1790.

La poca energía que le quedaba a Eliza Josolyne se agotó en el invierno de 1857. Como única sirvienta en una casa con veinte habitaciones, esta joven de 23 años debía mantener todo limpio y organizado. Cuando en enero le exigieron además que cuidara los veinte fuegos que calentaban el lugar, su frágil equilibrio se rompió por completo.

Las vidas de Richard, John y Eliza incluyen personajes, lugares y épocas diferentes, pero terminan en el mismo sitio: el Bethlem Royal Hospital, uno de los psiquiátricos más famosos del mundo y el que más ha ayudado a forjar el mito del manicomio terrorífico. También es uno de los más antiguos. Desde su creación en el siglo XIII hasta que sus tratamientos comenzaron a modernizarse entre los siglos XVIII y XIX, el centro londinense acumuló episodios sombríos.

Durante mucho tiempo, funcionó más como un “zoo humano” que como un hospital, un lugar donde los acaudalados de Londres iban en grupos para, tras pagar un chelín por entrada, observar el espectáculo de los “locos”. En 1681, los administradores los llamaban sin reparos “lunatickes”, una fusión de “lunático” y “tickets”. A la humillación pública se añadían tratamientos brutales y condiciones terribles.

La oscura reputación de Bethlem ha aparecido repetidamente en la literatura y en 1946 inspiró la película Bedlam, Hospital Psiquiátrico de Mack Robson. Hoy es un centro respetado en el Reino Unido, aunque todavía no ha logrado desprenderse por completo de su pasado siniestro.

De tanto en tanto, ese legado surge de forma inesperada. Hace cinco años, los trabajadores del Crossrail de Londres (un tren subterráneo para mejorar las conexiones en la City) encontraron algo inquietante: huesos humanos en gran cantidad. Las investigaciones revelaron que provenían del antiguo cementerio del psiquiátrico. Se estima que entre las fosas comunes de internos de Bethlem y los cuerpos de la peste negra podría haber unos 4.000 esqueletos.

Bethlem, el lejano comienzo de la historia

El psiquiátrico se remonta a 1247, cuando Simon FitzMary, ex alguacil de Londres, donó un terreno en Bishopsgate para construir un asilo llamado Priory of St. Mary of Bethlehem. De ese nombre surgieron las abreviaturas Bethlem y Bedlam, que hoy significan desorden y caos. En ese sitio se encuentra ahora la estación de Liverpool Street. Décadas más tarde, el centro ya se mencionaba como hospital y hacia 1400 albergaba pacientes internos. En 1547, Enrique VIII lo entregó a la ciudad de Londres para que atendiera a sus enfermos mentales.

A lo largo de los siglos, a medida que crecía su actividad, el psiquiátrico cambió de ubicación varias veces. En 1676, cuando el viejo edificio medieval resultó insuficiente, se mudó a uno nuevo y lujoso en Moorfields. Su diseñador, Robert Hooke, aspiraba a que fuera el Versalles de Londres y no escatimó en detalles: una fachada de 165 metros, columnas corintias, una torre con cúpula, jardines… “Era un contraste: esa imponente fachada y la oscuridad de su interior”, explicó en 2017 a la BBC Mike Jay, autor de This Way Madness Lies.

Era grandioso, pero un desastre estructural. La pesada fachada pronto se agrietó y el hospital sufrió serias filtraciones. Escritores como Thomas Browne se preguntaban si los “locos” eran los pacientes o los responsables de tal fiasco.

El psiquiátrico se trasladó dos veces más. En 1815, a St. George’s Fields en Southwark, un edificio que desde 1936 alberga el Imperial War Museum. Y en 1930, a Beckenham, donde permanece hasta hoy. Durante su trayectoria, estuvo bajo diversas administraciones. A finales del siglo XVI, Jaime I nombró director a su médico Helkiah Crooke. Se sospecha que el doctor era tan hábil con el bisturí como con las finanzas. En 1632, una década después de asumir el cargo, fue destituido por acusaciones de corrupción y negligencia.

Sin embargo, Bethlem no se recuerda por el extravagante diseño de Hooke ni por las corruptelas de sus directores. Se lo conoce por las cadenas, encierros y castigos que sufrían los pacientes, aunque no siempre de la misma forma. Hacia finales del siglo XIX, se aplicaba la terapia de rotación, una práctica supuestamente basada en las ideas de Erasmus Darwin, abuelo del famoso naturalista autor de El origen de las especies: sentar al paciente en una silla colgante para que girara durante sesiones prolongadas.

En el siglo XVIII, no eran raros los baños fríos ni los grilletes. Se dice que Edward Wakefield (pionero en la colonización de Nueva Zelanda) describió con horror a hombres desnudos, hambrientos y encadenados a las paredes que vio durante una visita a Bedlam en 1814.

Espectáculo de feria para la clase alta

Por un chelín, los visitantes podían recorrer el psiquiátrico como si fuera un zoológico. Durante al menos una época, los internos se exhibían al público. Tampoco era infrecuente que se permitiera provocarlos. “En esa época (1610) no había nada extraño en fomentar tal espectáculo: visitar Bethlem se veía como algo instructivo por las mismas razones que asistir a las ejecuciones”, explica a la BBC Jonathan Andrews, autor de The History of Bethlem. La tradición indica que hasta 96.000 visitantes pasaron por sus pasillos en un solo año.

Por el psiquiátrico desfilaron varias figuras notables. En 1732, el pintor William Hogarth inició una serie de ocho lienzos que completó dos años después, mostrando el declive de Tom Rakewell, un vividor que despilfarró la fortuna heredada de su padre en juegos, prostitutas y lujos. La serie culmina con Tom destruido y desesperado en una sala lúgubre de Bedlam.

Los aspirantes a magnicidas (todos fallidos) Edward Oxford y Margaret Nicholson también fueron internados allí. El centro albergó incluso a artistas reconocidos como Dadd, Louis Wain o Jonathan Martin. Durante varios años, fue el hogar del dramaturgo Nathaniel Lee.

Con el tiempo, las prácticas en Bedlam se fueron actualizando. En 1684, el médico y anatomista Edward Tyson tomó la dirección y aplicó mejoras: contrató enfermeras y creó un fondo para ayudar a los pacientes más pobres, que ni siquiera tenían ropa. En 1852, la llegada del doctor William Charles Hood marcó un cambio clave. Durante una década, trabajó para mejorar las condiciones del psiquiátrico y, en particular, para separar a los criminales dementes.

Sus orígenes en el siglo XIII lo convierten en uno de los psiquiátricos más antiguos del mundo. Algunos autores lo consideran el primero, aunque esa idea no es unánime. El catedrático de Psiquiatría J.J. López-Ibor sostiene, por ejemplo, que ese título corresponde a un hospital fundado por el padre Jofré en Valencia en 1410. La diferencia, explica, es que allí los internos se trataban como enfermos y las actividades buscaban aliviarlos y, si era posible, curarlos.

Aunque St. Mary of Bethlehem se estableció en 1247 y atendía a personas con trastornos mentales desde 1377, no fue hasta 1473 cuando comenzaron a recibir asistencia médica propiamente dicha. Si esa atención fue siempre de calidad o humanitaria hasta el siglo XVIII… Eso es otro tema.

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