
La gestión de la energía, la autonomía, las recargas y la presencia de estaciones rápidas durante los viajes representan los principales desafíos que debe superar la movilidad eléctrica para lograr una adopción generalizada. Este proceso avanza a buen ritmo, pero aún genera interrogantes, especialmente entre quienes no están familiarizados con la tecnología o la industria eléctrica, y que cuestionan la durabilidad y la seguridad a largo plazo de estos automóviles.
Desde hace tiempo, se anticipan progresos en baterías de estado sólido y otras innovaciones que mejoren la velocidad de carga y la autonomía. Aunque la densidad energética ha avanzado considerablemente y las velocidades de recarga también, con arquitecturas eléctricas de 800 voltios que permiten cargas tan rápidas como repostar combustible, lo que hace que continuar un viaje sea cuestión de minutos, similar a llenar el tanque y pagar en una estación de servicio.
Sin embargo, es necesario hacer una pausa para advertir sobre las cargas ultrarrápidas. Según un informe reciente de TechSpot, es evidente que las baterías de litio en los vehículos se deterioran un poco más rápido si se utilizan siempre puntos de carga ultrarrápidos, como los ubicados en autopistas o en superchargers.
Los datos provienen de un análisis realizado por Geotab, que involucró a más de 22.000 coches eléctricos de diversos tipos y con usuarios que tienen necesidades distintas. Esto permite generalizar los resultados sin riesgo de error, ya que no revela nada inesperado, como el hecho de que los hábitos de carga afectan el rendimiento de las baterías en los vehículos.
Antes de profundizar, es importante aclarar que no hay motivo para alarma. En los autos de combustión, los hábitos de conducción, las aceleraciones en frío y el mantenimiento también influyen en la longevidad y las posibles fallas a largo plazo, independientemente de si son diésel, gasolina, híbridos o con GLP. ¡La degradación no es exclusiva de los eléctricos!
De hecho, las conclusiones y las cifras resultan sorprendentes en algunos aspectos, por lo que las examinaremos:
El estudio indica que los cargadores de 100 kW o más aceleran la degradación, especialmente si el usuario los emplea con frecuencia sin respetar límites como cargar hasta el 80% para prolongar la vida útil, o sin un mantenimiento más cuidadoso. Según los expertos, las cargas por encima de 100 kW pasan de ser rápidas a ser químicamente agresivas para la batería, por lo que se recomiendan solo para viajes largos y no para el uso cotidiano.
Este efecto impacta por igual a las dos químicas principales usadas en la industria: litio-ferrofosfato (LFP) y níquel-manganeso-cobalto (NMC). Las baterías LFP son las más seguras y duraderas, aunque ofrecen menor densidad energética y se instalan generalmente en versiones con menor autonomía de los modelos eléctricos.
El estudio también menciona que las temperaturas y otros factores influyen, aunque los sistemas de preacondicionamiento implementados por los fabricantes son clave para gestionar mejor los ciclos de carga y descarga en los vehículos eléctricos.
La degradación inicial se estabiliza después de los primeros años de uso, lo que resulta en una media anual de 1,4-1,5% en periodos de más de 5 o incluso 10 años. ¡Esto implica una pérdida de solo alrededor del 10% de autonomía si se cuida el vehículo!
Uno de los numerosos superchargers que distinguen a Tesla de otros fabricantes.
En realidad, todo influye, al igual que en los autos de combustión, donde muchos conductores agregan aditivos cada 6 o 12 meses en sus tanques, y donde un mantenimiento adecuado de aceites y filtros, con cambios anuales, es fundamental para prevenir fallas a largo plazo.
Para los coches eléctricos, lo ideal es asegurarse de que la autonomía cubra las necesidades diarias, con un punto de recarga en el garaje para mantener el vehículo listo mediante cargas lentas. De esta forma, los puntos ultrarrápidos se usan solo ocasionalmente, como en fines de semana o vacaciones para trayectos largos. Este es el escenario óptimo que mejor preserva el automóvil, aunque el desgaste es inherente a cualquier producto.
Por supuesto, el estudio concluye que la degradación inicial se estabiliza con el tiempo, con una tasa a largo plazo de aproximadamente 1,4 o 1,5 por ciento anual, lo que permite estimar una pérdida del 10% de autonomía en los primeros 10 años. ¡No está mal si ha permitido ahorrar considerablemente en combustible, filtros y aceites!