
Existe un elemento que se ha esfumado de los hogares españoles en apenas una o dos generaciones, sin que muchos lo notaran: el mueble de salón. No se trata solo de un soporte para el televisor, sino de esa estructura robusta de madera que cubría una pared completa, con vitrinas, estantes, cajones, un espacio para la TV y, en las versiones más elaboradas, incluso un minibar incorporado, que era lo único en la casa de mi infancia que parecía un verdadero lujo.
Por décadas, este mueble representó el núcleo central del hogar. Albergaba libros, el televisor, la minicadena (otro remanente de tiempos pasados), recuerdos familiares y las medallas de judo del niño. En la actualidad, se ha convertido en una pieza relicta que ningún millennial adquiere y que la Generación Z ni siquiera identifica.
La razón evidente es práctica: los televisores se expandieron mucho más velozmente que los espacios que estos muebles les destinaban. Resultó imposible encajar una pantalla de 42 o 55 pulgadas en un hueco diseñado para apenas 21. Los apartamentos se redujeron en tamaño mientras los precios se disparaban, y asignar cuatro metros cuadrados a un bloque macizo de madera de cerezo dejó de ser viable.
Adicionalmente, las mudanzas se han multiplicado debido a la inestabilidad laboral, que obliga a trasladarse de ciudad con mayor frecuencia que antes, y nadie desea transportar un mueble que requiere un camión y tres personas fuertes. Sin embargo, esto no aclara por qué nadie lo extraña.
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Lo que se extinguió junto con el mueble de salón fue algo más profundo: la noción de que el hogar debía mostrar quiénes somos. Estos muebles voluminosos funcionaban no solo como vitrinas prácticas, sino como un escaparate: la vajilla fina que solo se usaba en Navidad, la colección de figuritas de porcelana, los elementos religiosos si la familia era devota, los volúmenes encuadernados de enciclopedias que nadie consultaba pero que indicaban a los visitantes que en esta casa se aprecia la cultura.
La estantería con los VHS ordenados meticulosamente, las copas de cristal, las fotografías enmarcadas. Todo se colocaba allí para ser observado por quienes nos visitaban, transmitiendo: “Esta es nuestra familia, este es nuestro estatus, esto es lo que valoramos, esto es quiénes somos”. Hoy en día, como mucho, se trata de un mueble de melanina con algunos funkos y la Switch.
Imagen cedida por un conocido. En este caso, una TV de 55″ ocupa más espacio del que el fabricante del mueble había previsto y no deja lugar para más. Aquí coexisten la tradición del mueble y los juegos de té con la modernidad de las consolas, la esterilla de yoga o los souvenirs claramente diferentes a los de antes, como el torii japonés o la máscara mexicana. Dónde quedó la cerámica con ‘Recuerdo de Torrelavega’.
En la actualidad, mostramos nuestras vidas en Instagram, o en la foto de perfil y los estados de WhatsApp, pero no en el salón. La identidad ya no se forja a través de objetos físicos en una vitrina, sino mediante imágenes curadas en una pantalla. Ya no es necesario probar ante los visitantes que tienes buen gusto (las visitas, de hecho, son cada vez menos frecuentes) porque tus seguidores ya lo han visto en las stories. Lo otro pertenece a la época de nuestros padres y suegros.
El mueble de salón simbolizaba permanencia y estabilidad: se compraba uno con la certeza de que duraría toda la vida, e incluso se heredaba.
Ahora vivimos en una flexibilidad impuesta, en apartamentos alquilados con contratos anuales, con Ikea como referencia y el mandato de viajar liviano. No es solo que no quepa. Es que su esencia misma (lo sólido, lo definitivo, lo expositivo) pertenece a una era que ya no existe.
El espacio donde antes se ubicaba el mueble ahora lo ocupa un televisor gigante fijado a la pared, una estantería minimalista de Amazon o, simplemente, el vacío. Y esa ausencia no es accidental. Es el indicio de una cultura que abandonó la idea del hogar como museo personal y comenzó a verlo como un escenario temporal de una vida que transcurre, principalmente, en otro lugar. En las pantallas.
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