
Con la llegada del invierno, muchas personas no salen de casa sin elementos esenciales como una chaqueta, guantes y un gorro. Este último, además de ser un accesorio que favorece a algunos, ha generado una creencia repetida: una gran parte del calor corporal se pierde por la cabeza.
Sin embargo, hay precisiones importantes. Esta idea suele venir acompañada de cifras impresionantes, como que entre el 40 y el 50% del calor del cuerpo se escapa a través del cráneo. La ciencia, en cambio, añade matices que nos permiten estar más tranquilos, aunque en el caso de los recién nacidos sí existe un debate relevante.
Para comprender por qué tantas personas piensan que la cabeza actúa como una chimenea humana, es necesario retroceder a la década de 1970, específicamente al manual de supervivencia del ejército de los Estados Unidos.
En esa época, se llevaron a cabo experimentos con individuos expuestos a temperaturas extremadamente frías. El inconveniente metodológico, o más bien la interpretación que se hizo después, radicó en que los participantes usaban trajes de supervivencia ártica que cubrían todo el cuerpo excepto la cabeza. Naturalmente, al medir la pérdida de calor, los investigadores observaron que la mayor parte se liberaba por la única área expuesta. De ahí surgió la recomendación de usar gorro, ya que se suponía que casi todo el calor se perdía por esa zona.
Investigaciones posteriores han desmentido la noción de que el 40-50% del calor se disipa por el cráneo. La conclusión científica es más simple desde el punto de vista físico: la pérdida de calor es proporcional a la superficie de piel expuesta.
Por ello, si la cabeza de un adulto representa alrededor del 7% de la superficie corporal, solo contribuirá a liberar un 7-10% del calor que el cuerpo pierde en total.
Además de los estudios clásicos realizados, la ciencia ha examinado este fenómeno en nadadores en agua fría con trajes de neopreno, comparando situaciones en las que la cabeza está sumergida o por encima del agua. Los resultados mostraron que el cráneo no disipa calor de manera desproporcionada, sino que se trata simplemente de piel expuesta sin características especiales que requieran una protección mayor que otras partes del cuerpo.
Aunque el porcentaje de calor perdido por esta área es bajo, hay motivos fisiológicos para protegerla. En particular, la cabeza, especialmente la cara y el cuero cabelludo, tienen poco aislamiento graso o muscular en comparación con otras zonas del cuerpo. Además, poseen una gran cantidad de vasos sanguíneos y receptores térmicos en la superficie, lo que las hace mucho más sensibles a la sensación de frío.
Esto implica que, aunque no se pierda el 50% del calor por el cráneo, enfriarla genera una mayor incomodidad térmica, por lo que cubrirla nos hace sentir mucho más abrigados. Además, influye en los reflejos cardiovasculares y en la reducción de la temperatura central.
En resumen, usar gorro en invierno es beneficioso, pero actúa de la misma forma que llevar guantes o una bufanda adecuada: proporciona una capa adicional de aislamiento, no un tapón mágico.
Toda regla tiene su excepción, y en este caso se aplica a los bebés. En un recién nacido, la cabeza es proporcionalmente mucho más grande que el resto del cuerpo, ocupando un porcentaje mayor de la superficie corporal que en un adulto. Esto provoca que sí se pierda más calor por esa área que por otras partes, razón por la cual los bebés suelen llevar gorro desde sus primeros días de vida.
La ciencia ha indicado que en recién nacidos a término, un gorro aislante puede reducir la pérdida total de calor al 75% y el consumo de oxígeno al 85% en comparación con estar desnudos. En entornos con recursos limitados o en bebés de bajo peso, el uso de gorros de lana se asocia claramente con una menor incidencia de hipotermia.
En bebés sanos, a término y en habitaciones cálidas, o al practicar el método piel con piel, la evidencia sugiere que el gorro no siempre ofrece un beneficio adicional claro e incluso, si se combina con exceso de abrigo, puede propiciar sobrecalentamiento.
En conclusión, la cabeza no es una zona especial por la que se libera una cantidad desproporcionada de calor. No obstante, en el día a día suele ser la única parte del cuerpo expuesta en invierno y cuenta con poco aislamiento natural, por lo que cubrirla es una estrategia efectiva para mejorar el confort térmico.