
“El segundo hecho más relevante sobre la Navidad es que representa una de las temporadas del año donde sube la tasa de suicidios”. Con esta frase inicia un texto atribuido a Alasdair MacIntyre, uno de los filósofos morales más destacados del siglo XX, que se difunde en internet cada temporada navideña.
En realidad, sabemos que esa información no es precisa (no hay un aumento en los suicidios durante estas fechas), y ni siquiera hay certeza de que MacIntyre sea el autor real del texto (aunque se mencione en su obra principal): aun así, se sigue compartiendo repetidamente.
Quizá se deba a que, a pesar de las luces y el bullicio, muchas personas enfrentan las ‘felices fiestas’ con un profundo sentimiento de melancolía.
Existen diversas perspectivas sobre la Navidad, pero en la mayoría de ellas se presenta como una gran celebración colectiva de la felicidad. Es el momento para compartir, reunirse con seres queridos, reconciliarse y disfrutar el tiempo como si después del invierno árido no llegara otra primavera.
Pero, ¿qué pasa si no queremos, necesitamos o podemos sentirnos de esa manera? Es decir, ¿qué ocurre si en medio de ese torrente de mensajes, carteles y canciones que insisten en que deberíamos estar contentos, lo que experimentamos es simplemente que “no lo estamos”?
Por lo general, cuando la expectativa implícita es “sentirse agradecido, generoso y alegre”, cualquier desviación de eso genera una combinación de vergüenza y autocrítica; se adopta una “buena cara” (una actuación emocional) y se acumula fatiga, irritabilidad, lo que lleva al agotamiento.
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“La Navidad también es un inventario”, afirmaba el escritor Gonzalo Torné. “Es el día en que de niños nos mostraron cuál era nuestro entorno familiar, las personas interesadas en nosotros y en las que podíamos confiar. Y el día en que, ausencia tras ausencia, confirmamos la fragilidad de lo que de niños creímos estable”.
Los duelos. Esta descripción es muy acertada: en este tipo de celebraciones se activan todos los duelos que cargamos. No se limita a la “nostalgia”, sino que implica un ritual completo de recordar las ausencias sobre las que hemos construido nuestra existencia. Al igual que la idea mencionada por MacIntyre al inicio no coincide con los datos, es cierto que, entre los pacientes atendidos en urgencias psiquiátricas durante la Navidad, los “factores estresantes más frecuentes” son la soledad y la falta de familia.
Porque, admitámoslo, el año pasado hasta el 20% de los españoles experimentaron discusiones políticas en alguna cena familiar. Seis de cada diez, de hecho, evitan temas controvertidos para no pelear: la gran “polarización” está convirtiendo todo en un conflicto (que se añade al estrés material y a la desigualdad en las responsabilidades).
MacIntyre indicaba que gran parte de esto se debe a que “hemos perdido la capacidad de entender nuestras vidas como algo que incorpora una estructura narrativa —por no mencionar narrativas con esperanza de un final feliz”. No es necesario llegar tan lejos.
Todo indica que se trata de algo más simple: la Navidad corre el riesgo de volverse triste cuando se transforma en una obligación emocional. Ese es el principal defecto de diseño de estas fiestas, que al estar pensadas para “sentirse acompañado”, por contraste, resaltan las pérdidas, desigualdades y rupturas.
En los últimos años, y con creciente intensidad, ha ganado popularidad el pensamiento positivo. Frases como “Tienes que ser optimista”, “No te rindas” o “Siempre positivo, nunca negativo” se han convertido en verdaderos lemas de nuestra era. Pero como señala el profesor Jose César Perales, de la Universidad de Granada, el pensamiento positivo tiene problemas graves que, por su apariencia amable y atractiva, tendemos a ignorar.
Nuestra cultura, cada vez más saturada de personajes, nos aleja gradualmente de una verdad básica: que “sufrimos, odiamos o sentimos envidia porque son formas en que experimentamos la realidad. Negarla, aferrarnos a un positivismo irracional y sin sentido, es la manera contemporánea de negarnos a nosotros mismos”.
¿No es la Navidad un buen momento para aceptarnos?
Imagen | Bryan Heng
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