En 1845 partió la expedición de John Franklin en busca del paso del Noroeste. Tras 180 años, su desaparición aún representa un enigma

BlogDecember 27, 2025

El 19 de mayo de 1845, el capitán John Franklin y su tripulación zarparon desde el puerto de Greenhithe, ubicado cerca de la desembocadura del Támesis. Su objetivo era localizar el paso del Noroeste, una ruta marítima hipotética en esa era que conectaría el Atlántico con el Pacífico a través del norte de Canadá.

Ninguno de ellos regresó. Los 129 hombres desaparecieron, y durante 170 años, su destino ha sido uno de los mayores enigmas en la historia de la exploración científica y naval. Ahora, finalmente, se ha descubierto la razón detrás de las muertes en la expedición perdida de John Franklin.

Algunos sugieren que la misión estuvo condenada desde el principio. Inicialmente, no se consideró a John Franklin como la primera opción. William Edward Parry, un destacado explorador inglés, fue el candidato principal, pero rechazó la propuesta tras haber realizado cinco viajes al Ártico y sentirse exhausto.

La siguiente alternativa fue James Clark Ross, quien acababa de regresar de una expedición a la Antártida, donde exploró el mar y la isla que llevan su nombre. De hecho, los barcos de esa misión eran los mismos que se emplearían ahora: dos de los volcanes en la isla de Ross se llaman Erebus y Terror en honor a esas naves. Sin embargo, al llegar a Inglaterra, Ross se comprometió en matrimonio y decidió abandonar las grandes exploraciones.

Otros candidatos incluyeron a James Fitzjames, descartado por falta de experiencia; George Back, considerado demasiado controvertido; y Francis Crozier, rechazado por ser irlandés, lo cual era motivo suficiente en esa época. Ante estas circunstancias, John Barrow, segundo secretario del Almirantazgo, recurrió a John Franklin.

Hasta hoy, se desconoce por qué Franklin, una leyenda viviente con casi 60 años, aceptó. No obstante, el grupo partió de las cercanías de Londres ese día de 1845. Hicieron una escala en las Orcadas, y el convoy, compuesto por los dos barcos principales (HMS Erebus y HMS Terror), el HMS Rattler (el primer buque de guerra inglés con propulsión a vapor) y un barco de transporte, se dirigió hacia Groenlandia.

Allí sacrificaron diez bueyes, y la expedición prosiguió sola su travesía.

La búsqueda del paso del Noroeste

Los relatos de Marco Polo forman un libro singular. No solo representan un precursor fascinante de la antropología moderna, sino que inspiraron a numerosos exploradores durante la era de los grandes descubrimientos. La imagen superior muestra el ejemplar anotado de Los viajes que pertenecía a Cristóbal Colón.

En una edición italiana de 1559, se menciona una provincia china llamada Anián. Se cree que de allí derivó el nombre del estrecho de Anián, propuesto por geógrafos y exploradores que debatían si América era un continente nuevo o una península asiática, como la separación entre Asia y América que daría acceso al paso del Noroeste.

Ese es el actual estrecho de Bering, que durante mucho tiempo fue mera mitología. Sin embargo, primero, Fernando de Magallanes y su tripulación rodearon el cabo del Espíritu Santo y descubrieron el paso del sureste; y segundo, un danés al servicio de Rusia, Vitus Bering, redescubrió para Occidente el estrecho que Semión Dezhniov había navegado sesenta años antes.

El resto fue cuestión de geopolítica: una ruta rápida al Pacífico sin cruzar territorios españoles en América resultaba muy atractiva. En 1745, una ley inglesa ofreció 20.000 libras al descubridor del paso, lo que desencadenó un auge. Aunque es difícil convertir esa suma a valores actuales con precisión, era una cantidad considerable.

Tiempo favorable

A inicios de agosto de 1845, dos balleneros, el Prince of Wales y el Enterprise, avistaron los barcos de Franklin en la bahía de Baffin. Esperaban condiciones climáticas ideales para adentrarse en el estrecho de Lancaster. Esa fue la última vez que se les vio.

Transcurrieron dos años. Gradualmente, Lady Jane Franklin, algunos parlamentarios y la emergente prensa británica presionaron al Almirantazgo para que enviara misiones de búsqueda por los héroes de la expedición de Franklin. El gobierno despachó tres: una por tierra y dos por mar, una desde el Atlántico y otra desde el Pacífico. Todas fallaron.

Ante el temor de que se olvidara el asunto, Lady Jane Franklin compuso un lamento, una canción que se puede escuchar arriba. Aunque no está claro si influyó, el tema no se olvidó. De hecho, la búsqueda de la expedición perdida se convirtió en una auténtica cruzada. Solo en 1850, once barcos británicos y dos estadounidenses intentaron localizarlos.

Fue entonces cuando se hallaron las primeras tumbas. Con el tiempo, diversas expediciones encontraron fragmentos, relatos de los inuit y objetos de la expedición. En 1855, siguiendo indicaciones de tribus inuit, se descubrieron pedazos de madera con el nombre del Erebus. En 1859, aparecieron dos mensajes. El primero, datado el 28 de mayo de 1847, era de Franklin y decía: “Sir John Franklin, comandante de la expedición: todo bien”.

Es el documento de la derecha. Era costumbre dejar notas en varios sitios para reconstruir el viaje en caso de problemas. Pero en este, había algo peculiar: en los márgenes, otro mensaje del 25 de abril de 1848 explicaba que los barcos habían quedado atrapados en el hielo.

Franklin y otros veintitrés tripulantes habían fallecido. Los sobrevivientes abandonaron las naves y se dirigieron al sur en busca de salvación. En los años siguientes, surgieron objetos, rumores y tumbas. Nada más. Los barcos nunca aparecieron, y durante 150 años, no se supo qué ocurrió realmente con la expedición perdida del capitán John Franklin.

Ciento cincuenta años sin noticias

En los años 80 del siglo pasado, la Universidad de Alberta inició un proyecto para rastrear la expedición. Se recorrieron a pie rutas posibles, se exhumaron cuerpos y se encontraron evidencias de canibalismo. Pero los barcos seguían sin localizarse.

Hicieron falta 30 años para que, entre 2008 y 2014, se encontrara el primero en el golfo de la Reina Maud. Aun así, persistía la pregunta clave: ¿Por qué murieron? No “de qué”, ya que hay indicios de neumonía y tuberculosis, sino “por qué”. Eran exploradores experimentados, con provisiones abundantes, conocimiento del terreno y contacto con pueblos nativos. ¿Qué salió mal?

Estudios iniciales apuntaron a una posible intoxicación por plomo, posiblemente de las cañerías de los barcos. Pero para entender la explicación más aceptada, volvamos a un momento específico de 1845. Hubo problemas en la preparación de las provisiones: las 8.000 latas de comida se encargaron a última hora y se fabricaron de manera tosca y descuidada. Estaban soldadas con plomo.

En 2013, investigadores probaron la teoría analizando metales pesados en restos encontrados. Los niveles eran altos, pero no más que en marineros típicos de la época. Volvían a un impasse. Sin embargo, persistieron en la búsqueda.

Y nunca mejor dicho. Jennie Christensen y su equipo reconstruyeron la dieta y el estado de salud de un tripulante a partir de una uña. Este análisis reveló cambios en los niveles de metales pesados en los últimos días. Todo indica que el problema fue un déficit de zinc.

La deficiencia de zinc causa inestabilidad emocional, problemas gastrointestinales y supresión del sistema inmune. No solo incrementa el riesgo de tuberculosis y neumonía, que los mataron, sino que pudo generar conflictos internos en el grupo.

Era el zinc todo este tiempo. Solo tomó 170 años descubrirlo. Aún queda trabajo para esclarecer todos los detalles, pero es impresionante lo que la ciencia y la tecnología han logrado, extrayendo respuestas de una uña tras tanto tiempo de búsqueda.

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