
La imagen común de la Tierra en sus inicios la describe como una vasta esfera de magma ardiente con condiciones hostiles para cualquier forma de vida. Sin embargo, el inconveniente es que no existen rocas de hace 4.300 millones de años para respaldar esta teoría establecida. En cambio, disponemos de cristales microscópicos conocidos como circones, y estos están revelando una narrativa diferente, según un estudio realizado por un equipo de la Universidad de Wisconsin-Madison y publicado en Nature.
En cuanto al comportamiento de la superficie terrestre durante el periodo conocido como Hadeico, los geólogos consideraban dos posibilidades: una tectónica de placas en la que una placa se sumerge debajo de otra, o una Tierra con una especie de cubierta estancada, una superficie rígida y caliente donde el calor solo se liberaba a través de grandes columnas de magma.
En realidad, no era ni una ni la otra, sino una combinación de ambas: los circones indican que la Tierra ya contaba con océanos, agua líquida y una corteza que alternaba entre estos dos sistemas. John Valley, el geocientífico de la Universidad de Wisconsin-Madison que dirige el estudio, señala que “Hubo unos 800 millones de años de historia de la Tierra en los que la superficie ya era habitable, aunque no tenemos evidencia fósil y no sabemos cuándo surgió la vida por primera vez.”
Esto es relevante porque demuestra que la Tierra no se limitó a un solo modelo, sino que ambos procesos ocurrieron simultáneamente en diferentes regiones. No obstante, no se trataba de una tectónica de placas estable como la actual, sino de episodios violentos y breves de subducción, donde los bordes de una placa se deslizaban bajo otra, coexistiendo con grandes flujos de magma que ascendían desde el interior del planeta.
Este descubrimiento es fundamental para comprender el movimiento de la superficie terrestre, la formación de los continentes y el origen de la vida. Sin tectónica, no habría una corteza continental félsica que flota sobre el manto y forma las tierras que habitamos. Además, la tectónica de placas regula el clima y recicla nutrientes, por lo que saber cuándo comenzó a operar ayuda a entender cuándo el planeta se volvió apto para la vida.
El equipo dirigido por John Valley examinó los conocidos circones de Jack Hills, en Australia Occidental. Estos minerales, del tamaño de un grano de arena, actúan como cápsulas del tiempo que preservan el único registro directo de los primeros 500 millones de años de la Tierra. Buscaron “huellas químicas” que indicaran dónde y cómo se formaron, utilizando la tecnología WiscSIMS de alta resolución. Luego, compararon los resultados con otros circones del Eón Hádico encontrados en Barberton, Sudáfrica. Cada conjunto narraba una historia distinta.
El 47% de los circones oceánicos mostraban niveles elevados de uranio en comparación con el niobio, lo que sugiere que se formaron en zonas de subducción donde el agua de los océanos se hundía en el manto. Por su parte, los circones sudafricanos indican que surgieron de roca virgen del interior del planeta, lo que respalda la teoría clásica de la “tapa estancada”, en la que la primera superficie sólida de la Tierra era rígida e inmóvil.
En otras palabras, mientras en Australia la corteza se hundía y generaba protocontinentes, en lo que hoy es Sudáfrica, la Tierra exhibía un comportamiento diferente, con una corteza rígida y estancada. Esto significa que la Tierra primigenia era un mosaico de estilos tectónicos. El planeta no transitó de un infierno de magma a su estado actual de manera abrupta, sino a través de un proceso híbrido que creó condiciones favorables para la vida antes de lo que se creía.