
Es un sábado por la tarde. El sol comienza a ponerse y en la sala de un apartamento compartido, el juego de mesa Catán se extiende sobre la mesa baja. Somos cuatro amigos. La charla ha girado, como suele ocurrir en estos tiempos, hacia las incertidumbres: el costo de los alquileres, la inestabilidad geopolítica y lo complicado que resulta todo. De pronto, surge un silencio. Son las 20:30 y el hambre se hace notar.
Hace diez años, alguien se habría dirigido a la cocina. “Tengo pasta, ¿preparamos una salsa sencilla?”, habría sugerido el anfitrión. En la actualidad, nadie se levanta. Casi por un reflejo colectivo, tres teléfonos se desbloquean simultáneamente. Nadie desea cocinar. Nadie quiere ensuciar. Y, sobre todo, nadie quiere demorarse. En pocos minutos, un repartidor llegará a la puerta. Hemos delegado el acto más fundamental de supervivencia y socialización: alimentarnos.
No se trata de que nos hayamos vuelto flojos de un día para otro. Es que la forma en que consumimos ha experimentado un cambio profundo. Al examinar la situación en España, los datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA) muestran una curva ascendente impresionante: el consumo de platos preparados ha aumentado un 514,8% desde 2004.
En las dos últimas décadas, hemos pasado de considerar los precocinados como una opción de emergencia a hacerlos la base de nuestra alimentación. En 2024, cada español consumió en promedio casi 17 kilos de comida preparada al año. Este hábito ha alcanzado una penetración total. De acuerdo con la consultora Kantar, el “listo para comer” llega al 98,6% de penetración anual. Prácticamente todos los consumidores españoles lo utilizan.
El aspecto clave es que ya no priorizamos el sabor ni siquiera la salud de manera absoluta (aunque se aprecia). El factor principal, en un 85% de los casos, es la comodidad. Seis de cada diez hogares en España indican abiertamente que no cuentan con tiempo suficiente para cocinar. No adquirimos alimentos, sino tiempo.
En este panorama, hay un líder claro que anticipó el futuro. Mercadona, con su área “Listo para Comer”, ha logrado una posición dominante, controlando el 51,2% de la cuota de mercado en la distribución de platos preparados. Juan Roig no solo ofrece ingredientes; ahora vende el tiempo que no tienes —o no deseas invertir— en prepararlos.
Esto nos remite a la predicción que el presidente de Mercadona hizo hace un año, que sonó como una condena: “A mitad del siglo XXI no habrá cocinas”. Roig argumenta que, en el futuro, las viviendas no incluirán espacios para cocinar porque llegaremos con la comida ya lista. La industria parece apostar fuerte por esto: el grupo Familia Martínez, proveedor de Mercadona, invierte 150 millones de euros en instalaciones para producir asados y gratinados a gran escala.
Esta tendencia ha afectado incluso a empresas tradicionales. Telepizza, que en los años 90 nos introdujo al pedido de comida por teléfono, ha registrado pérdidas en 2024. La ironía es dura: sufren déficits en la época de oro del delivery porque el mercado está saturado. Ya no rivalizan solo con otras pizzerías, sino con toda clase de opciones gastronómicas entregadas en 30 minutos.
La visión de Roig no es ficción, sino una realidad urbana. Nuestras hogares nos alejan de los fogones. La arquitectura residencial ha experimentado un cambio drástico, como se detalla en un reportaje de elDiario.es: la cocina “decorativa” y la cocina “residual”.
Por una parte, en apartamentos de lujo o renovados para alquiler turístico, aparecen cocinas impecables, integradas al salón, diseñadas para ser capturadas en fotos pero no para usarse. Como explica el arquitecto Luis Lope de Toledo: “Muchas cocinas contemporáneas parecen diseñadas para ser fotografiadas, no para mancharse […] Cuando la cocina se vuelve un símbolo aspiracional más que una herramienta para habitar, pierde su autenticidad”.
Por otra parte, la precariedad en el acceso a la vivienda en las ciudades grandes impulsa el modelo sin cocina. En los “minipisos” y estudios en aumento, el área para cocinar se minimiza. La arquitecta Laura Pato destaca la dura verdad del mercado inmobiliario: “Es muy habitual ver pisos que solo tienen un hornillo y la mayoría no tienen horno”. Si tu cocina es un pasillo angosto sin ventilación o un rincón en el dormitorio, las apps de entrega dejan de ser un lujo para convertirse en una necesidad básica.
Si la inversión en la industria representa un lado de este fenómeno, el otro se ve en las plataformas de artículos usados. Wallapop está repleto de robots de cocina Thermomix de versiones anteriores (TM5, TM31) a precios muy bajos.
A simple vista, podría interpretarse como un movimiento de resistencia culinaria que busca equiparse económicamente. Pero una perspectiva más escéptica —y posiblemente más precisa— indica lo opuesto: es una retirada. Miles de usuarios venden un aparato que costó más de 1.000 euros y que prometía simplificar la cocina, al percatarse de que incluso con un robot, hay que pelar, limpiar y esperar. La Thermomix exige una organización que el usuario promedio ya no posee. Vender el robot es el gesto definitivo de rendición ante la inmediatez.
El declive de la cocina conlleva la desaparición de un ritual emblemático en España: la sobremesa y la estructura clásica de las comidas. Según el Gastrómetro 2025 de Just Eat, el delivery ha pasado de ser un antojo de fin de semana a formar parte de la rutina laboral y familiar.
Pero lo más preocupante es cómo nos alimentamos. El Ministerio de Agricultura confirma una simplificación extrema: la mitad de las comidas semanales son ya de plato único. Para las cenas, el número sube: en 7 de cada 10 casos, cenamos un solo plato. Hemos eliminado el entrante, el principal y el postre. La mesa del comedor, que antes era el centro de la vida social, en muchos hogares jóvenes es ahora un elemento decorativo o un escritorio para el trabajo remoto.
Aun así, el mercado avanza hacia métodos más refinados de “no cocinar”. Empresas como Wetaca han probado que se puede delegar la alimentación sin recurrir a compras impulsivas como una hamburguesa a medianoche. Su sistema de suscripción ha crecido porque promueve la planificación: es como el tupper de la familia, pero a cambio de un pago.
El informe de Just Eat menciona tendencias como el “Bienestar 360” y el “Consumo inteligente”. Los usuarios buscan alternativas más saludables y sostenibles para respaldar el gasto, pero siempre con la condición esencial de que alguien más cocine por ellos.
Nos encontramos en un punto de inflexión. Para la Generación Z, las aplicaciones de reparto son su manera natural de socializar y explorar sabores. Para otros, el costo mensual en delivery se convierte en un desafío financiero que rivaliza con el alquiler, una forma de “lanzar la tarjeta de crédito al problema” por una satisfacción inmediata.
Tal vez la muerte de la cocina no sea absoluta, y quede como un pasatiempo de fin de semana, similar a hacer cerámica o pintar acuarelas. Pero el hábito cotidiano, el de ensuciarse las manos un martes por la noche para cenar, es una práctica en riesgo de extinción en la España acelerada. La pregunta es si estamos ganando tiempo o simplemente perdiendo el dominio sobre lo que ingerimos.