
Con motivo del 60. º aniversario de la declaración conciliar Nostra Aetate, el Vaticano ha publicado un documento de gran calado teológico y pastoral que busca actualizar las bases del diálogo interreligioso. El texto, firmado por los prefectos de los dicasterios para la Doctrina de la Fe, la Unidad de los Cristianos y el...
Con motivo del 60.º aniversario de la declaración conciliar Nostra Aetate, el Vaticano ha publicado un documento de gran calado teológico y pastoral que busca actualizar las bases del diálogo interreligioso. El texto, firmado por los prefectos de los dicasterios para la Doctrina de la Fe, la Unidad de los Cristianos y el Diálogo Interreligioso, así como por sus respectivos secretarios, fue presentado al Papa durante una audiencia oficial el 22 de junio de 2026, según la fórmula curial Ex Audientia. Esta firma otorga al documento una relevancia eclesial particular, ya que implica la aprobación pontificia directa.
El documento exhorta a los creyentes a abandonar “lógicas de defensa, hostilidad o conquista” para adoptar una actitud “abierta, benévola y valiente” en el encuentro con otras tradiciones religiosas. Sin embargo, establece un límite claro: rechaza de manera explícita la idea de “fundar una gran religión mundial en la que todas las creencias queden niveladas”. Esta postura refleja una tensión histórica dentro de la Iglesia entre la apertura al diálogo y la preservación de la identidad doctrinal, especialmente en un contexto global donde el sincretismo religioso gana terreno.
Asimismo, el texto recupera la afirmación conciliar de que la Iglesia “no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo”, pero insiste en que el diálogo auténtico no consiste solo en exponer doctrinas, sino en buscar “las condiciones para una convivencia pacífica”. Este matiz busca responder a las críticas internas que ven en el diálogo interreligioso un riesgo de relativismo doctrinal.
El Vaticano aborda con franqueza las tensiones actuales. Denuncia las manifestaciones de islamofobia que no distinguen entre el fundamentalismo violento y la práctica pacífica de los musulmanes que se integran en las sociedades de acogida. Al mismo tiempo, advierte que “el auge de los fundamentalismos, la permanencia de los prejuicios, la manipulación política de las pertenencias religiosas o la violencia en nombre de Dios socavan los propios cimientos del diálogo”.
El documento también pone el foco en las persecuciones que sufren los cristianos en diversas partes del mundo, calificándolas de “violación de la dignidad humana” y pidiendo una respuesta común inspirada en el espíritu de Nostra Aetate. Esta doble denuncia —contra la islamofobia y contra la persecución cristiana— refleja una postura matizada que busca evitar tanto la estigmatización de comunidades enteras como la indiferencia ante el sufrimiento de los cristianos.
El texto realiza un balance teológico de las seis décadas transcurridas desde la promulgación de Nostra Aetate, recordando que esta declaración nació como respuesta al antisemitismo que culminó en la Shoá. En este contexto, subraya las raíces judías del cristianismo, citando al teólogo Karl Barth para afirmar que la Palabra de Dios se hizo “carne judía” en Jesucristo, quien es “judío y lo es para siempre”. El diálogo judeocristiano se presenta así no como una práctica secundaria, sino como una vía para comprender la propia identidad cristiana.
Por último, el documento propone una renovación pedagógica del diálogo, con una formación más profunda en seminarios, institutos teológicos e itinerarios pastorales. En un mundo marcado por “tensiones identitarias, ideologías fundamentalistas y conflictos con connotaciones religiosas”, la Iglesia considera urgente proporcionar a los fieles herramientas para participar en el diálogo “de manera informada, crítica y serena”. Este llamado a la educación de las nuevas generaciones sugiere que el Vaticano ve en el diálogo interreligioso no solo un imperativo teológico, sino también una estrategia pastoral de largo plazo para construir sociedades más cohesionadas.
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